VISIÓN Y DESCANSO — Por Borja Corcóstegui, oftalmólogo y fundador del Instituto Microcirugía Ocular (IMO)
La luz adecuada
para la noche
El ojo humano es una obra maestra de la adaptación. Puede moverse a través de diferentes niveles de luz gracias a dos sistemas retinianos que se turnan según el momento: los conos, centrales en la visión diurna (fotópica), nos permiten percibir formas y colores con precisión; y los bastones, que toman el relevo cuando la luz disminuye, permitiendo una adaptación progresiva hacia la oscuridad.
En la vida real, sin embargo, rara vez dejamos que ese proceso se desarrolle de forma natural. Pasamos de la luz exterior intensa a interiores sobreiluminados — hogares, hoteles, incluso oficinas. Y sin darnos cuenta, dejamos poco espacio para la visión mesópica, ese estado intermedio entre luz y oscuridad en el que el sistema visual se ajusta, se calma y prepara para el descanso. Esta adaptación no es instantánea: puede tardar entre 4 y 8 minutos, y depende del metabolismo retiniano y del trabajo coordinado de conos y bastones.
Cuando permitimos que la luz se atenúe, especialmente cerca de la hora de dormir, el cuerpo lo interpreta como una señal de seguridad: favorece la relajación, reduce la activación y ayuda a la mente a entrar en un estado más tranquilo. Por el contrario, mantener niveles altos de iluminación interior sostiene el estado de vigilia y estimulación — un mal compañero para la recuperación.
Hay otro factor clave: muchas fuentes de luz interior incluyen longitudes de onda cercanas al azul, que el ojo percibe como más agresivas y que pueden resultar indeseables en exceso, especialmente de noche. Hay una razón por la que nos protegemos del sol con filtros y cristales tintados: el cuerpo sabe leer el espectro.
De esta comprensión fisiológica nace el enfoque de Kerai, desarrollado en colaboración con Jordi Saladié y su equipo: trabajar con cambios cuantitativos de luz y un espectro diseñado para el bienestar nocturno. Sintonizamos la luz hacia tonos anaranjados y ámbar, y utilizamos niveles bajos de emisión para crear ambientes que se sienten agradables, suficientes para moverse con naturalidad, sin dejar de ser respetuosos con el sistema visual.
El resultado es una iluminación que no solo queda bien: sienta bien. Luz que acompaña en lugar de imponerse. Un diálogo entre estética, material y conocimiento del cuerpo.